Hay un momento, a veces fugaz, en el que una se mira al espejo sin prisa.
No para evaluar, ni para corregir, ni para recordar cómo era antes.
Solo para estar.
Quizá notes las manos, el cuello, la espalda. No como defectos, sino como señales de vida. El cuerpo no muestra solo el paso del tiempo; muestra caminos recorridos. Cada forma, cada pliegue, cada límite habla de una historia vivida con mayor o menor cuidado, con más o menos dureza hacia una misma.
A muchas mujeres, con los años, se nos ha enseñado a ser prudentes. A movernos menos. A no molestar. A no forzar. A resignarnos. Y, poco a poco, el cuerpo deja de sentirse como un aliado para convertirse en algo frágil, imprevisible o incómodo. Como si fallara.
Pero el cuerpo no falla. El cuerpo avisa. El cuerpo pide. El cuerpo recuerda.
Tal vez durante años te moviste por obligación: para cumplir, para mantenerte activa, para no perder capacidades. O quizá dejaste de moverte porque ya no encontrabas sentido. En ambos casos hay una buena noticia: todavía es posible volver al cuerpo desde otro lugar.
La madurez trae una oportunidad que no siempre se nombra: la suavidad consciente. No una suavidad pasiva, sino una que nace de escuchar de verdad. De aceptar el ritmo propio. De rendirse no al tiempo, sino a la realidad del momento presente.
Antes de seguir leyendo, te propongo una pequeña práctica.
No necesitas ropa especial ni un lugar concreto.
Práctica: volver al cuerpo en unos minutos
Si puedes, colócate sentada o de pie, con los pies bien apoyados en el suelo.
Deja que el peso caiga, sin sostenerte de más.
Lleva una mano al pecho y la otra al vientre, o déjalas simplemente descansar donde te resulte cómodo.
Cierra los ojos si te apetece.
Respira sin corregirte. No intentes respirar mejor. Solo deja que el aire entre y salga.
Ahora, muy despacio, realiza un pequeño movimiento circular con la pelvis.
Tan pequeño que casi solo lo notes tú.
No busques amplitud ni belleza. Busca comodidad.
Deja que el movimiento sea continuo, como si dibujaras un círculo por dentro.
Si aparece alguna sensación —agradable, incómoda o neutra—, obsérvala sin cambiar nada.
Permanece así unos instantes.
Cuando te apetezca, detén el movimiento y nota qué ha cambiado, aunque sea mínimamente.
No hay nada que conseguir.
Solo escuchar.
Volver a casa, a veces, es así de simple.
Existen espacios —y quizá los necesites más ahora que antes— donde el cuerpo no se compara ni se fuerza. Donde moverse no es demostrar, sino cuidarse. Donde la mirada de otras mujeres no pesa, sino acompaña. Donde la experiencia compartida devuelve dignidad y calma.
No se trata de recuperar la agilidad de otros tiempos. Eso sería vivir mirando atrás. Se trata de algo más honesto: estar plenamente aquí. En este cuerpo. En esta etapa. Con lo que hay.
Tal vez el cuerpo no te esté pidiendo más esfuerzo.
Tal vez te esté pidiendo más permiso.
Escucharlo puede ser un buen comienzo.




