Me encuentro muchas veces con personas que parecen tener una obsesión compulsiva por estar bien. Personas que, al iniciar un proceso terapéutico, creen que van a alcanzar una especie de estado ideal donde todo es perfecto, donde no habrá más momentos desagradables y donde la exigencia es sentirse bien todo el tiempo.
Pero entender el bienestar de esa forma es, en realidad, otra forma de presión. Otra forma de desconexión.
Claro que muchas veces el objetivo es estar bien, pero no desde la autoexigencia ni desde el rechazo a lo que sentimos. Para mí, el verdadero sentido del proceso terapéutico no es alcanzar un ideal, sino aprender a estar en paz con las decisiones que tomas, profundizar en tu autoconocimiento y fortalecer tu autoridad interna.
Es poder atravesar las tormentas sin dejarte arrastrar por las emociones o pensamientos compulsivos. Tal vez, incluso, llegar a un estado de mayor presencia y ecuanimidad.
Porque estar bien a toda costa también puede convertirse en una compulsión. Y no podemos dejar de sentir. Pretenderlo es alejarnos de lo que verdaderamente somos.
Desde la mirada gestáltica, aquí algunos recordatorios para acompañarte:
Reconoce lo que hay, sin juicio.
El primer paso no es cambiar lo que sientes, sino darte cuenta. Honra tu experiencia presente, sea la que sea.
No huyas de la emoción, escúchala.
Las emociones son mensajes. No necesitan ser eliminadas, sino acogidas y escuchadas con presencia.
Distingue entre bienestar auténtico y autoexigencia.
No se trata de forzarte a sentirte bien, sino de poder estar contigo, incluso en lo incómodo.
Suelta la fantasía de un yo ideal.
Perseguir una imagen perfecta de ti misma solo alimenta el juicio y la frustración. Lo real es más sanador que lo ideal.
Habita el presente con responsabilidad.
Responsabilidad no es exigencia: es poder elegir cómo estar contigo aquí y ahora, sin negarte.
Practica el autoapoyo.
Aprender a sostenerte en los momentos difíciles, desde el respeto y el cuidado hacia ti, es clave para un proceso profundo.
El proceso no es lineal.
A veces avanzar significa permitirte parar, retroceder, dudar o sentirte frágil. Todo eso también es parte del camino.
¿Y si en vez de buscar estar bien todo el tiempo, aprendieras a estar contigo en todo lo que eres?




